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Santa Cruz Yagavila

En su cuento titulado “Chac Mool”, Carlos Fuentes recrea un personaje emblemático para las culturas prehispánicas: el Dios de la lluvia. El título de este cuento no es más que el nombre Maya de esta antigua deidad mesoamericana.

El Chac Mool es una escultura de piedra hallada por primera vez en Yucatán  por el explorador Augustus Le Plongeon, pero lo mayas no fueron lo únicos en adorar a la lluvia; también los aztecas tenían a Tlaloc, y muchos otros pueblos de América seguían esta tradición. Los zapotecas de Monte Albán le llamaban Cosijo.

Aunque para muchas personas las culturas prehispánicas desaparecieron con la invasión española, la verdad es que siguen vivas después de 500 años de colonización. Los que ahora llamamos “Pueblos Indígenas”, son los descendientes de aquellos ancestrales pobladores de «América».

En su mayoría, estos pueblos mantienen vivas las costumbres de sus antepasados; persisten muchas prácticas religiosas que vienen de la época precolombina, en muchos casos disfrazados de rituales católicos.

Una de las ideas religiosas que sigue viva dentro de los pueblos indígenas es la adoración al Dios de la lluvia.

En Santa Cruz Yagavila, una comunidad enclavada en el Rincón de la Sierra Juárez de Oaxaca, se conserva una antigua figura de piedra que, según la tradición popular, representa a la lluvia.

A esa figura le llaman Santogiaj, que en español quiere decir Santo de Piedra, pero también El santo de la lluvia; e incluso, El santo de la flor.

Anteriormente el Santo Giaj se ubicaba en una esquina del atrio católico, a un lado de la  escuela primaria.

Una vez lo cambiaron de lugar, lo colocaron en donde comienza el camino que va a la casa comunal.

Pasó mucho tiempo hasta que un día hicieron un tequio y lo reubicaron en el campanario donde está ahora.

Los ancianos cuentan que un señor lo encontró en su terreno, donde trabajaba la milpa, lo recogió y lo entregó al pueblo.

Por ello, ahora frente a la iglesia del pueblo se yergue una estela de piedra.

La figura que adorna el campanario se llama Santogiaj, una escultura antropomorfa labrada por los “gulasas”, aquellos antepasados misteriosos y legendarios que hablaban con el viento, los truenos y el relámpago, los que conocían el secreto de la metamorfosis y poseían la sabiduría del cosmos, la naturaleza y el universo, aquellos que viajaban por el éter y conocían el lenguaje de las estrellas.

Santogiaj es una palabra llena de sincretismo, por un lado evoca la tradición cristiana y por otro reproduce la lengua zapoteca.

Santo, como su nombre lo indica, alude al carácter sagrado de un intercesor entre lo divino y lo humano, Giaj es lluvia.

Literalmente podríamos traducirla como Santo-lluvia, pero el nombre va más allá de esa simplicidad; el santo, para la gente de este lugar, es Dios mismo que hace presencia entre la humanidad.

De ese modo, la piedra viene a representar un Dios, el Dios de la lluvia.

Y el Santogiaj era realmente el hacedor de la lluvia; aún algunos ancianos aseguran que es el Santogiaj quien nos da el agua que cae de las alturas.

Los ancestros amaban a Santogiaj, lo veneraban profundamente y creían en él como el químico cree en el átomo o el matemático en el infinito.

Cuando no llovía, lo bañaban.

Dicen que tal era el rito para invocar las lluvias en las temporadas de sequía. 

Antes de que amaneciera se reunían los ancianos para hacer la ofrenda y hablar, como solo ellos sabían, con el Dios de la lluvia.

Le dirigían bellas oraciones cuando la luna nueva aparecía en el cielo.

Siempre se hacía cuando la luna era tierna, es decir, en su cuarto creciente.

Pero no era cualquier persona la que hacía ese trabajo, eran puros abuelos los que conocían el ritual y su palabra.

Primero pagaban a la madre tierra, le daban tortillas, tepache, aguardiente, caldo de pollo, cigarrillos, incienso de copal y maíz con frijolitos.

Como respuesta al pedimento, por la tarde, se juntaban las nubes sobre la montaña y se llenaban de agua las colinas del Papaloapan.

Arriba, hacia allá donde está la montaña sagrada, se oían los primeros truenos y enseguida caían las primeras gotas de lluvia que alegraban al labrador.

Era bonito porque solo llovía un aguacero, no una lluvia enloquecida como a sucede ahora.

Solo regaba la milpa y otros cultivos de la gente, luego paraba; las plantas saciaban su sed, se llenaban de energía. 

Esa lluvia era una bendición.

Todo eso sucedió con la deidad de esta comunidad.

Con todo, aún persiste la esperanza de recuperar la memoria.

Algunas personas están volviendo a tener fe en el Santogiaj.

También otra comunidad que está más adelante le veneraba, allá le llaman Budaugiaj, que en lengua castellana viene a ser lo mismo que Santo Giaj.

Ellos engrandecen más a ese ser.

Aún hacen ofrendas en el monte pidiendo bendiciones para su comunidad.

Para ellos era muy milagroso porque cuando querían que lloviera nada más lo iban a voltear, lo ponían de cabeza y llovía; y cuando ya no querían que lloviera lo ponían de pie.

Si uno va por leña a la montaña, se puede ver que cuelgan pescado, dejan mezcal, encienden veladoras en honor al Dios de la lluvia.

De hecho, el Santogiaj mira al cerro, se comunica con él.

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La creencia en el Dios de la lluvia en Yagavila